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“Panamericana, la zaga”
Por: Dora Marcela Gutiérrez. - contacto@tusemanario.com

“Por fin un lugar con buenos libros en Neiva”, exclamaron algunos neivanos con satisfacción, entre ellos yo, por la llegada de la librería Panamericana a nuestra ciudad. Lo que no sospeché jamás, fue que justo en aquel lugar en una mañana cualquiera mi anhelo de leer, y mi orgullo de comprar, fuera pisoteado de manera tan vil.

Todo comenzó cuando emprendí mi búsqueda literaria de anaquel en anaquel, el ejercicio debía hacerse bien hecho y demandaba tiempo, pero lo tenia, así que procedí sin omitir casi ningún libro. Pronto me di cuenta que era necesario priorizar en una lista los autores de mi agrado, además de anotar otros, cuyos nombres no eran claros para mi al igual que sus obras. Pasada una hora quizás, decidí ir al nivel inferior del local, en donde se encontraban buenas promociones según me lo había recomendado una amiga. Estaba totalmente ensimismada, diría dichosa, cuando una voz inquisidora pronunció:

--¿Usted que está haciendo? Extrañada alcé mi cabeza sin pronunciar palabra por la pregunta y observé, era uno de los hombres de seguridad del local. Fue entonces cuando con sonrisa irónica por semejante pregunta en una librería le contesté:

--Veo libros…eso es lo que se hace aquí, no. Antes de comprar reviso qué voy a llevar. Y le mostré la agenda con la columna de los escritores y las obras que llamaron mi atención. El hombre entonces en tono fuerte asintió:

--Aquí no se pueden leer los libros, ni escribir nada de ellos. -Parecía imposible lo que estaba escuchando, sin embargo preferí seguirle el juego y decirle que no había problema-. El sujeto se fue.

Omití lo sucedido, no estaba dispuesta a permitir que estropearan este momento feliz entre los libros y yo, además ya tenia un listado bien interesante de lo que quería llevar. Cuando ocurrió esta primera interrupción apenas iniciaba el ejercicio en el sub-nivel de la librería, así que debía continuar y fue fructuosa mi observación, encontré un autor cuyas obras hoy han enriquecido no sólo mi intelecto sino también mi espíritu, Herman Hesse. Como él encontré otros tantos clásicos y contemporáneos conocidos y desconocidos para mí, cuyo primer acercamiento motivador a la compra era leer la contraportada para poder hacerme una vaga idea de su trabajo, como también de reconocer el interés que suscitaban en mí. Me encontraba haciendo bien la tarea, pese al asedio silente de aquel personaje de seguridad siguiéndome por el lugar, cuando sin darme cuenta en que momento, su voz inquisidora irrumpió de nuevo pero más agresiva que antes:

--¡¿Qué es lo que hace?! Ya le dije que no puede escribir nada aquí.

Ante la situación pensé: “¿cómo es posible que transgredan así a un cliente? que me persigan como una delincuente, aún cuando ya le mostré mi inocente lista, además voy a comprar, quiero invertir en literatura”. –luego dejé de pensar y le contesté con vehemencia lo que había pensado y algo más. Inmediatamente le solicite me llevara con el administrador. Frente a él con ánimo enérgico insistí en el atropello ya no sólo del sujeto, sino de la librería, porque entendí en ese momento que había seguido órdenes de sus superiores; órdenes que dejaban en claro que las políticas de la empresa no estaban centradas en la comodidad del cliente y su satisfacción o al menos no en aquellos clientes amantes de la literatura que requieren no sólo de asesoría como lo planteó el encargado (aunque esta sea precaria) sino respeto, tiempo, y espacio para invertir en lo que más les gusta, la literatura. Luego hice el comentario del exceso sufrido en la Librería Panamericana entre un círculo de amigos y oh casualidad, no había sido la única.

Hoy me pregunto: Será que el dueño de Panamericana olvidó que en sus inicios hace ya varios años, ofrecía libros a sus clientes con la libertad de hacer listados y poder escoger lo que querían llevar; cosa que en buena parte lo llevó a ser lo que es hoy. ¿Será que crecer hace olvidar esas buenas acciones comerciales? No sé, lo que si puedo aseverar es que aquel día finalicé mi conversación con el encargado administrativo así: --aún me falta revisar una de las mesas y lo quiero hacer por tanto van a verme seguir ojeando contraportadas y apuntando el nombre del autor, muchas gracias.

Luego salí indignada, con ganas de comprar muchos libros y sí compré algunos, pero también descubrí que Panamericana no es la panacea. Un día encontré a mi paso un humilde puesto de libros, en el lugar menos esperado, allí conseguí obras a precios fabulosos y con la posibilidad de quedarme el tiempo necesario, sin persecuciones y con mi agenda en mano escribiendo los recomendados que el mismo dueño del puesto me hacia. El sí supo que volvería por más.

 

 


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